La cocina de María

Este blog está escrito desde mi cocina, que para mi es una especie de laboratorio experimental donde uno prueba a renovar una antigua receta o a escribir una nueva historia. Bienvenidos a mi cocina y bon apetit!

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viernes, noviembre 24, 2006

Adios a un perro

Ayer a un buen amigo se le murió el perro. Como se le fué el Garabatu a la Pili hace tan sólo unas semanas. Como nos abandonó a mi y mi familia nuestro querido Witty ya hace tanto tiempo...Por ello, he decidido dedicar hoy mi entrada en este blog a ellos, los perros, que viviendo nos llenaron el día de ladridos y juegos y que siempre se van en silencio, porque a veces uno no puede ni llorarlos en alto, que piensa la gente que un perro no se merece mucho espectáculo emocional, al menos no tanto como el que merece el hombre. Pero muchas veces hay perros más hombres que el hombre mismo. A ellos estas palabras mías y de otros, esta despedida a todos los perros que se nos van un día y nos dejan sólo con la retina plasmada de recuerdos. Palabras, poemas, una despedida sobria, como sobria es la muerte del perro amigo.


Poema de un perro
Manuel José Otón (1858-1906)

No temas mi señor: estoy alerta Mientras tú de la tierra te desligas
Y, con el sueño tu dolor mitigas,
Dejando el alma a la esperanza abierta.
Vendrá la aurora y te diré:
“despierta, Huyeron ya las sombras enemigas.
Soy compañero fiel de tus fatigas
Y celoso guardián junto a tu puerta.
Te avisaré del rondador nocturno,
Del amigo traidor, del lobo fiero
Que siempre anhelan encontrarte inerme.
Y si llega con paso taciturno la muerte,
con mi aullido lastimero
También te avisaré... ¡descansa y duerme!


Buen Amigo, fiel perro
Francis Jammes (1869-1941)

Buen amigo, fiel perro, has muerto de la odiada muerte,
de la temida, de la que te escondiste bajo la mesa tanto...
Tu amorosa mirada se ha clavado en la mía en la hora breve y triste.
Oh vulgar compañero del hombre,
ser divino que el hambre de tu dueño gustoso compartías,
que acompañar supiste el pesado camino del ángel Rafael y del joven Tobías;

Oh servidor, qué ejemplo me has dado tan seguro, tú,
que supiste amarme como a su Dios un santo;
el profundo misterio de tu cerebro oscuro
vive en un paraíso de inocencia y de encanto.

Señor: si llega el día que me llevéis, clemente,
a veros cara a cara por una eternidad,
haced que un pobre perro contemple
frente a frente a aquél que fue su Dios entre la Humanidad.

miércoles, noviembre 22, 2006

Pili Lademari

Os voy a contar la historia de Pili Lademari. Pili es una asturiana de pura cepa, de esas que no quedan casi, nacida y criada en un pueblín de Asturias, de cuyo nombre nadie parece acordarse, y que emigró a Holanda hace tiempo, como muchos otros respondiendo a la llamada del amor. Pili conoció a su amado en una feria de ganado en la Pola y al instante, mientras su perro el Garabatu removía la cola sin parar y lamía su mano, se quedó prendada de Harm, un ganadero holandés de recio porte, hombros anchos y raza frisona. Empaquetó la Pili su vida en una maleta, y vino a Holanda con la ilusión de vivir la aventura que muchos del pueblo no pudieron más que soñar. Dejó a su padre enterrado al pié del árbol que sujetó su horca, a su madre con la pensión arreglada y a un hermano tarado desde el trágico accidente de la muerte paternal.

Pili llegó a estas tierras, que son una copia plana de las suyas, más verticales e imponentes, y aquí engendró a su primogénito, a quien decidió poner Pinín, que Pelayo no podía ser, pues era, a su entender, nombre de reyes y no de aldeanos como lo había sido ella. Pinín salió raza aparte, porque la mezcla de sangre astur y frisona no puede más que ser de buen linaje. El niño, que vino al mundo en la soledad de una gran granja holandesa, recibió los primeros cariños del Garabatu, a quien la Pili, que dejó atrás muchas cosas, no pudo abandonar en tierra asturiana. El perrín lamió a Pinín según llegó a este mundo y se convirtió por extensión genética-sentimental en compañero de juegos y amigo del rapaz.

Hace unas semanas Garabatu, que nunca se adaptó a lo plano, acostumbrado como estaba a brincar entre prados empinados y bosques de avellanos, dejó a la Pili para emprender ese último viaje que todos más tarde o temprano también tendremos que iniciar. Y así, la Pili, desconsolada ante la pérdida, pero fuerte como un castaño, superó el mal trago y se dedicó a seguir adelante en esta aventura holandesa, con el cariño inquebrantable de su Pinín y su Harm.

Os cuento la historia de la Pili porque he tenido el gusto de encontrarme con ella hace un tiempo y compartir las lágrimas por aquel Garabatu que todos tuvimos alguna vez o hemos querido tener. La Pili me ha hecho llorar y reir. Pero también me ha hecho recordar quién soy, en parte, en una gran parte. A veces, nos olvidamos de la esencia que nos compone, de esas sustancia invisible y misteriosa que nos imprime un universo moral y de valores que va más allá de la imagen ética y retórica que todos intentamos dar de nosotros mismos. La Pili es la sinceridad dentro de uno, es la virtud aquella de la que hablaba Aristóteles, la justa medida. Por eso quería contar su historia, porque todos llevamos algo de Pili dentro. Yo, al menos, llevo bastante.

martes, noviembre 14, 2006

Espicha holandesa

Qué puede haber mejor que una espicha asturiana? Pues una espicha en Holanda. Quizás falten los gaiteros, aunque no el sonido de la gaita, que suena apagada por las conversaciones entrecruzadas en inglés, español y holandés. Quizás la sidra fresca que riega el borde de los vasos sin parar, pero no la sidra, porque aunque poca y pasada, haberla habíala. Asturianos por doquier y los otros asturianos de adopción, que los astures somos grandes de corazón y abrimos los brazos a los foráneos para que se puedan sentir como en casa. La Virgen de Covadonga presidiendo el evento, encerrado en bronce su espíritu sobre placa de mármol, galana y elegante, como ella es y se merece. La bandera de Asturias, azul y amarillo en la cruz de la victoria, nuestra victoria, ondeando sobre una puerta del salón. Y claro, no podía faltar la comida, abundante y casera: chorizos varios, algunos de jabalí, tortilla, huevos, empanada, croquetas de cabrales y cabrales al natural, pastel de cabracho, gambas, setas, frixuelos, torrijas y hasta casadielles... Más no podíamos pedir. Y por encima de todo ello el buen ambiente, buena gente toda, asturianos y nuevos astures, por adhesión, por amistad, por amor.
Somos los asturianos no raza aparte, que yo soy de las que defiendo la raza humana universal, sin colores ni nacionalidades, pero sí un pueblo único. Raíces celtas, íberas, romanas y hasta judías. Pero nunca llegaron a Asturias aquellos que sí conquistaron España. Atrapada entre monte y mar, Asturias ha sido una fortaleza inquebrantable, y nos hemos cerrado en balde a aquellos que intentaron perturbar la paz del paraíso, y hemos abierto las puertas a aquellos otros que atraídos por el paisaje, la cultura o nosotros mismos, han querido visitar esta vertical tierra nuestra. El domingo, en esta espicha versión holandesa, a los asturianos nos unió la sangre, la tierra, las raíces...abrimos las puertas y los corazones y compartimos, como es debido, ante buena comida y buena gente, nuestras memorias y experiencias. Espero que esta sea sólo la primera espicha de muchas otras, y que en la próxima al menos, podamos tener, eso sí, más sol y más sidra...Gracias a todos por ese día, asturianos míos y asturianos de adopción nuestros.

sábado, noviembre 04, 2006

El tío Lolo

Comienza Noviembre y este mes siempre se abre con un recuerdo a los difuntos, según la tradición católica. Aunque aquí estas tierras holandesas no existe o no es visible al menos, el ritual de ir al cementerio a llevar flores y esas cosas. En fin, que uno da paso al frío pensando por un día en aquella gente que ya no está con nosotros. Es un pensamiento extraño cuando hablamos de muertos no recientes, porque el paso del tiempo atenúa el dolor, pero no la melancolía del recuerdo. Aunque he conocido a mucha gente que no ha podido seguir el camino de la vida, o de esta que conocemos como la vida real, pocos han sido los que se han ido, afortunadamente, que hayan dejado en mi una huella inolvidable. Así que en estos días de pensamientos perdidos en el más allá, el mío se concentra en mi tío Lolo. Se nos fué ya hace más de diez años (cómo pasa el tiempo!) y su recuerdo sigue intacto. El tío Lolo era más que un tío, era un abuelo extra, de esos regalos que a veces te da la vida. Vivió siempre con mi abuela y quizás por ello nosotros, mis hermanas, mis primos carnales, tuvimos el privilegio de disfrutarlo más, y convertirlo como digo en el abuelo Lolo. Recuerdo muchas cosas de él, porque mi infancia no tendría sentido sin el tío Lolo sentado siempre en la misma esquina del sillón, viendo películas en la tele, o los deportes, leyendo libros, fumando sus Ducados o jugando al mus. Cuando hacía sol, salía a la antojana a charlar, a contemplar la montaña, a echar un pitín. En la mesa del comedor siempre presidía el tío Lolo, no mi abuelo ni mi abuela, siempre él. Era una persona respetada y educada. Estudió en una época en la que no todo el mundo podía hacerlo y bajaba el pobre en bicileta, hicera frio o no, a estudiar a Mieres. Trabajó de capataz en la Mina, esa Mina con mayúsculas para los que somos de la Cuenca. Perdió a su querida hermana gemela en la guerra y se vino a vivir con mi abuela. Nunca se casó, nunca tuvo hijos, pero nos tuvo a nosotros, a sus sobrinos nietos. Cuando se nos fué el dolor fué tremendo, a pesar de ser una muerte esperada, casi deseada a veces, para que no sufriera más. Pero esa noche, cuando decidió cerrar los ojos para siempre, no sé si era consciente de que nos iba a romper a todos el corazón, sobre todo a mi abuela, que lo cuidó con mimo todos los días de su vida, hasta el final y que no ha vuelto a ser la misma desde aquel día. A mi abuelo le murió un hermano, más que un cuñado, y a nosotros se nos fué el abuelo extra que nos habían regalado. Muchas veces, no sólo en noviembre, pienso en él, con nostalgía, con pena a veces acompañada de lágrimas, de ese dolor que nos es más que la rabia de no poder verlo ni charlar con él nunca más. Siento que no haya llegado a conocer a Laura y que Laura nunca le va a conocer a él. La vida es así, nos regala cosas y personas maravillosas y luego un día, nos las arranca, pero con el tiempo nos vuelve a dar más. Yo sé al menos que el tío Lolo no se ha ido del todo, porque cuando cierro los ojos y pienso en él, le sigo viendo como entonces, allá en el Gavitu, fumando un cigarro, tomando el café, leyendo un libro. Tengo algunos libros de él y a veces me siento a leerlos con la certeza que también él se sentó un día a descubrir esas historias encerradas en sus páginas.
Para él este día de recuerdos, tantos años en nuestras vidas, tantas memorias, tantas vivencias...Algún día le contaré a Laura la historia de el tío Lolo, el tío de todos, el abuelo nuestro.