Pili Lademari
Os voy a contar la historia de Pili Lademari. Pili es una asturiana de pura cepa, de esas que no quedan casi, nacida y criada en un pueblín de Asturias, de cuyo nombre nadie parece acordarse, y que emigró a Holanda hace tiempo, como muchos otros respondiendo a la llamada del amor. Pili conoció a su amado en una feria de ganado en la Pola y al instante, mientras su perro el Garabatu removía la cola sin parar y lamía su mano, se quedó prendada de Harm, un ganadero holandés de recio porte, hombros anchos y raza frisona. Empaquetó la Pili su vida en una maleta, y vino a Holanda con la ilusión de vivir la aventura que muchos del pueblo no pudieron más que soñar. Dejó a su padre enterrado al pié del árbol que sujetó su horca, a su madre con la pensión arreglada y a un hermano tarado desde el trágico accidente de la muerte paternal.
Pili llegó a estas tierras, que son una copia plana de las suyas, más verticales e imponentes, y aquí engendró a su primogénito, a quien decidió poner Pinín, que Pelayo no podía ser, pues era, a su entender, nombre de reyes y no de aldeanos como lo había sido ella. Pinín salió raza aparte, porque la mezcla de sangre astur y frisona no puede más que ser de buen linaje. El niño, que vino al mundo en la soledad de una gran granja holandesa, recibió los primeros cariños del Garabatu, a quien la Pili, que dejó atrás muchas cosas, no pudo abandonar en tierra asturiana. El perrín lamió a Pinín según llegó a este mundo y se convirtió por extensión genética-sentimental en compañero de juegos y amigo del rapaz.
Hace unas semanas Garabatu, que nunca se adaptó a lo plano, acostumbrado como estaba a brincar entre prados empinados y bosques de avellanos, dejó a la Pili para emprender ese último viaje que todos más tarde o temprano también tendremos que iniciar. Y así, la Pili, desconsolada ante la pérdida, pero fuerte como un castaño, superó el mal trago y se dedicó a seguir adelante en esta aventura holandesa, con el cariño inquebrantable de su Pinín y su Harm.
Os cuento la historia de la Pili porque he tenido el gusto de encontrarme con ella hace un tiempo y compartir las lágrimas por aquel Garabatu que todos tuvimos alguna vez o hemos querido tener. La Pili me ha hecho llorar y reir. Pero también me ha hecho recordar quién soy, en parte, en una gran parte. A veces, nos olvidamos de la esencia que nos compone, de esas sustancia invisible y misteriosa que nos imprime un universo moral y de valores que va más allá de la imagen ética y retórica que todos intentamos dar de nosotros mismos. La Pili es la sinceridad dentro de uno, es la virtud aquella de la que hablaba Aristóteles, la justa medida. Por eso quería contar su historia, porque todos llevamos algo de Pili dentro. Yo, al menos, llevo bastante.
Pili llegó a estas tierras, que son una copia plana de las suyas, más verticales e imponentes, y aquí engendró a su primogénito, a quien decidió poner Pinín, que Pelayo no podía ser, pues era, a su entender, nombre de reyes y no de aldeanos como lo había sido ella. Pinín salió raza aparte, porque la mezcla de sangre astur y frisona no puede más que ser de buen linaje. El niño, que vino al mundo en la soledad de una gran granja holandesa, recibió los primeros cariños del Garabatu, a quien la Pili, que dejó atrás muchas cosas, no pudo abandonar en tierra asturiana. El perrín lamió a Pinín según llegó a este mundo y se convirtió por extensión genética-sentimental en compañero de juegos y amigo del rapaz.
Hace unas semanas Garabatu, que nunca se adaptó a lo plano, acostumbrado como estaba a brincar entre prados empinados y bosques de avellanos, dejó a la Pili para emprender ese último viaje que todos más tarde o temprano también tendremos que iniciar. Y así, la Pili, desconsolada ante la pérdida, pero fuerte como un castaño, superó el mal trago y se dedicó a seguir adelante en esta aventura holandesa, con el cariño inquebrantable de su Pinín y su Harm.
Os cuento la historia de la Pili porque he tenido el gusto de encontrarme con ella hace un tiempo y compartir las lágrimas por aquel Garabatu que todos tuvimos alguna vez o hemos querido tener. La Pili me ha hecho llorar y reir. Pero también me ha hecho recordar quién soy, en parte, en una gran parte. A veces, nos olvidamos de la esencia que nos compone, de esas sustancia invisible y misteriosa que nos imprime un universo moral y de valores que va más allá de la imagen ética y retórica que todos intentamos dar de nosotros mismos. La Pili es la sinceridad dentro de uno, es la virtud aquella de la que hablaba Aristóteles, la justa medida. Por eso quería contar su historia, porque todos llevamos algo de Pili dentro. Yo, al menos, llevo bastante.


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