La Primera Cena
Ayer asistí a una cena en casa de mi querida asturianina Sonia, una primera cena en torno a una buena mesa alrededor de la cual nos sentamos ocho aspóstoles de la hispanidad. Diferentes nacionalidades por pares, como si hubiésemos sido elegidas para un arca de Noe con la intención de salvar la identidad latina. Nela y Nancy de Perú, Solán y Adriana de Venezuela, Ana Isabel y María Claudia de Colombia y Sonia y yo, haciéndo gala no sólo de lo español sino de la sangre astur que corre por nuestras venas. Asistí a la cena con la ilusión de conocer a gente nueva y por otro lado con esa especie de corte que da el entrar en un grupo de amigas ya formado, del que yo desconocía casi todo, excepto lo obvio, que todas hablábamos la misma lengua.
Para mi sorpresa, desde el mismo momento que nos sentamos a la mesa, me hicieron sentir como en casa. Después de la intensiva y ardua entrevista personal a la que me sometió Maria Claudia, dejé de ser la nueva del grupo para convertirme en la otra María, porque eso sí, a hablar no nos ganan a ninguna de las dos. Como si de una telenovela de coproducción hispanoamericana se tratase, nuestras vidas, aventuras y desventuras iban corriendo por la mesa, a través de una mezcla de acentos latinos que formaban parte de una partitura musical que dejó patente la riqueza melódica de la lengua hispana.
Dicen que se puede reconocer en un bar a un latino porque es el único que aún sentado sigue moviendo los pies al ritmo de la música. Nosotras de la música decidimos prescindir, porque la mujer latina tiene el ritmo en la palabra, y la conversación no cesó, saltando de un tema a otro, de temas vanales a otros más profundos, pero todos ellos regados no sólo con buen vino, o coca...cola (qué quede claro, Ani), sino con la carcajada espontánea de la doble intencionalidad del español. El sentido del humor es nuestra arma, la capacidad de reirnos de lo tópico y típico de nuestra cultura. Las palabras fluían acompasadas de peripecias con los brazos y manos, porque como dice Nela, sin la ayuda de las manos a un latino le es difícil hablar. Si la melodía está compuesta del tono y ritmo de nuestras palabas, la danza se acompaña con el girar en el aire de las manos, como un lenguaje de signos que refuerza el poder de lo dicho, un lenguaje silencioso y secreto cuyas claves sólo pueden descrifrarse entre nosotros.
Desde aquí, mi agradecimiento a todas por acogerme en esa pequeña familia latina que os habéis montado. Gracias por vuestras risas, por vuestras palabras, por vuestro interés sobre mi propia historia, y por esta primera cena, que será el comienzo de muchas otras veladas interesantes y divertidas, no me cabe la menor duda. Como diríamos en mi tierra: "Prestome un montón, mocines".
Para mi sorpresa, desde el mismo momento que nos sentamos a la mesa, me hicieron sentir como en casa. Después de la intensiva y ardua entrevista personal a la que me sometió Maria Claudia, dejé de ser la nueva del grupo para convertirme en la otra María, porque eso sí, a hablar no nos ganan a ninguna de las dos. Como si de una telenovela de coproducción hispanoamericana se tratase, nuestras vidas, aventuras y desventuras iban corriendo por la mesa, a través de una mezcla de acentos latinos que formaban parte de una partitura musical que dejó patente la riqueza melódica de la lengua hispana.
Dicen que se puede reconocer en un bar a un latino porque es el único que aún sentado sigue moviendo los pies al ritmo de la música. Nosotras de la música decidimos prescindir, porque la mujer latina tiene el ritmo en la palabra, y la conversación no cesó, saltando de un tema a otro, de temas vanales a otros más profundos, pero todos ellos regados no sólo con buen vino, o coca...cola (qué quede claro, Ani), sino con la carcajada espontánea de la doble intencionalidad del español. El sentido del humor es nuestra arma, la capacidad de reirnos de lo tópico y típico de nuestra cultura. Las palabras fluían acompasadas de peripecias con los brazos y manos, porque como dice Nela, sin la ayuda de las manos a un latino le es difícil hablar. Si la melodía está compuesta del tono y ritmo de nuestras palabas, la danza se acompaña con el girar en el aire de las manos, como un lenguaje de signos que refuerza el poder de lo dicho, un lenguaje silencioso y secreto cuyas claves sólo pueden descrifrarse entre nosotros.
Desde aquí, mi agradecimiento a todas por acogerme en esa pequeña familia latina que os habéis montado. Gracias por vuestras risas, por vuestras palabras, por vuestro interés sobre mi propia historia, y por esta primera cena, que será el comienzo de muchas otras veladas interesantes y divertidas, no me cabe la menor duda. Como diríamos en mi tierra: "Prestome un montón, mocines".


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