La cocina de María

Este blog está escrito desde mi cocina, que para mi es una especie de laboratorio experimental donde uno prueba a renovar una antigua receta o a escribir una nueva historia. Bienvenidos a mi cocina y bon apetit!

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sábado, noviembre 04, 2006

El tío Lolo

Comienza Noviembre y este mes siempre se abre con un recuerdo a los difuntos, según la tradición católica. Aunque aquí estas tierras holandesas no existe o no es visible al menos, el ritual de ir al cementerio a llevar flores y esas cosas. En fin, que uno da paso al frío pensando por un día en aquella gente que ya no está con nosotros. Es un pensamiento extraño cuando hablamos de muertos no recientes, porque el paso del tiempo atenúa el dolor, pero no la melancolía del recuerdo. Aunque he conocido a mucha gente que no ha podido seguir el camino de la vida, o de esta que conocemos como la vida real, pocos han sido los que se han ido, afortunadamente, que hayan dejado en mi una huella inolvidable. Así que en estos días de pensamientos perdidos en el más allá, el mío se concentra en mi tío Lolo. Se nos fué ya hace más de diez años (cómo pasa el tiempo!) y su recuerdo sigue intacto. El tío Lolo era más que un tío, era un abuelo extra, de esos regalos que a veces te da la vida. Vivió siempre con mi abuela y quizás por ello nosotros, mis hermanas, mis primos carnales, tuvimos el privilegio de disfrutarlo más, y convertirlo como digo en el abuelo Lolo. Recuerdo muchas cosas de él, porque mi infancia no tendría sentido sin el tío Lolo sentado siempre en la misma esquina del sillón, viendo películas en la tele, o los deportes, leyendo libros, fumando sus Ducados o jugando al mus. Cuando hacía sol, salía a la antojana a charlar, a contemplar la montaña, a echar un pitín. En la mesa del comedor siempre presidía el tío Lolo, no mi abuelo ni mi abuela, siempre él. Era una persona respetada y educada. Estudió en una época en la que no todo el mundo podía hacerlo y bajaba el pobre en bicileta, hicera frio o no, a estudiar a Mieres. Trabajó de capataz en la Mina, esa Mina con mayúsculas para los que somos de la Cuenca. Perdió a su querida hermana gemela en la guerra y se vino a vivir con mi abuela. Nunca se casó, nunca tuvo hijos, pero nos tuvo a nosotros, a sus sobrinos nietos. Cuando se nos fué el dolor fué tremendo, a pesar de ser una muerte esperada, casi deseada a veces, para que no sufriera más. Pero esa noche, cuando decidió cerrar los ojos para siempre, no sé si era consciente de que nos iba a romper a todos el corazón, sobre todo a mi abuela, que lo cuidó con mimo todos los días de su vida, hasta el final y que no ha vuelto a ser la misma desde aquel día. A mi abuelo le murió un hermano, más que un cuñado, y a nosotros se nos fué el abuelo extra que nos habían regalado. Muchas veces, no sólo en noviembre, pienso en él, con nostalgía, con pena a veces acompañada de lágrimas, de ese dolor que nos es más que la rabia de no poder verlo ni charlar con él nunca más. Siento que no haya llegado a conocer a Laura y que Laura nunca le va a conocer a él. La vida es así, nos regala cosas y personas maravillosas y luego un día, nos las arranca, pero con el tiempo nos vuelve a dar más. Yo sé al menos que el tío Lolo no se ha ido del todo, porque cuando cierro los ojos y pienso en él, le sigo viendo como entonces, allá en el Gavitu, fumando un cigarro, tomando el café, leyendo un libro. Tengo algunos libros de él y a veces me siento a leerlos con la certeza que también él se sentó un día a descubrir esas historias encerradas en sus páginas.
Para él este día de recuerdos, tantos años en nuestras vidas, tantas memorias, tantas vivencias...Algún día le contaré a Laura la historia de el tío Lolo, el tío de todos, el abuelo nuestro.