Pequeñeces
Hace mucho que no escribo en el blog. Uno porque apenas tengo tiempo, otro porque no me ocurren muchas cosas interesantes que contar. Hasta que hoy, de vuelta en el coche después de un maravilloso día con mis amigas Anabel y Kay, de esos de compras, cafés y hasta lunch incluido, me he dado cuenta de que son estas pequeñas cosas las que hacen importante la vida de uno. Sí me han pasado cosas importantes estos días porque la sonrisa de Laura es importante para mí, y descubrirla cantando en las escaleras con un cepillo del pelo en plan micrófono, hace posible que también en mi rostro se dibuje una sonrisa grande, pero aún más sorprendente, la capacidad que tienen los niños para dibujarte sonrisas por dentro, de esas con poder sanatorio, revitalizante. Uno aprende con el tiempo, con los años, a relativizar las cosas y se da cuenta de que somos muy pequeños, y es en las pequeñas cosas, a priori simples, poco importantes, cotidianas, donde uno encuentra los mayores placeres. Yo me quedo con eso, con las llamadas de amigos, con las risas de Laura, con los momentos compartidos con buenas amistades, con la voz de la familia al otro lado del teléfono, con una caricia de Sandrino, con mi Antonio Vega sonando en el cd del coche... Todo ello conforma la vida de verdad, no la que uno planea y se empeña en torcer y retorcer para hacerla parecerse a lo que uno tiene en mente, sino la auténtica, la de todos los días, la que es un sinfín de pequeñeces que dan sentido a ese plan infinito nuestro. He leído hace poco que hay mucha más energía encerrada en el vacío que separa a las pequeñas partículas, que la que contiene todo el universo. Y creo que eso es cierto, porque cuando yo miro a Laura veo todas las posibilidades que aún encierra su vida, todos los caminos que le quedan por explorar, toda energía universal condensada en esos ojos risueños de una niña de dos años. Quizás sería necesario que de vez en cuando tomemos un respiro para dejar de controlar el todo y mirar la nada.

