Suspiros
Acabo de recibir de España una cajita de Suspiros del Nalón. Se trata de unas pastas gruesas y quebradas, elaboradas a base de huevos, mantequilla, harina y azúcar. Son unas galletas sobrias pero contundentes, de esas que con una basta. Siempre me he preguntado el porqué de su nombre, quizás despertaban suspiros de admiración y deseo grastronómico, pero lo dudo, no me parece a mí un postre de estos que entran por los ojos. Quizás las guisanderas, porque en Asturias tenemos una cocina matriarcal y todas las recetas artesanales han salido de manos de una mujer, suspiraban mientras las elaboraban recordando un mozo de antaño, o del cansancio de un día repartido entre las labores de la casa y de la tierra. Puede ser que se deba a los suspiros que uno suelta al comerlas pensando en las calorías que se está metiendo en el cuerpo en un santiamén. Vete tú a saber, el caso es que se llaman así: suspiros.
Me viene a la memoria esa canción que también se llama Suspiros de España. Soy muy mala recordando canciones o al menos canciones de aquella época que no fue la mía, pero creo recordar que parte de la canción decía así:
"Siento en mí, triste emoción. Me voy sufriendo lejos de tí y se desgarra mi corazón. Nunca el sol me alumbrará. Ya nunca más tu suelo veré, lejos de tí, de pena moriré. España mía, ya no te miro, tu eres mi guía, por tí brota mi suspiro, tú eres toda mi alegría".
Cuando uno, como yo, está lejos de la tierra, estas letras antes tontunas y sentimentalonas, cobran una nueva dimensión. Claro que yo el suelo de España lo piso bastante a menudo y el sol, aunque no mucho, sigue de cuando en cuando brillando por estas tierras holandesas. Yo sí que miro a España, la miro desde la distancia, desde el balcón que me ofrecen los canales internacionales de las televisiones y las ediciones que aquí llegan de los principales periódicos. La sigo mirando y leyendo y analizando y a veces incluso reconociendo, porque hay cosas en esta España mía que no cambian nunca y son las que más suspiros me provocan. La cultura española, si es que se puede generalizar el término, porque a veces hablando con amigos de otras provincias sureñas, yo, norteña por los cuatro costados, apenas me reconozco en sus hábitos y en sus costumbres, ni que decir en su gastronomía. Pero la sangre española, por llamar a eso que nos une o identifica con un país determinado de alguna manera, no la puedo ni quiero ni debo negar y sigue guiando mi vida. Ahora, alegrías, lo que se dice alegrías, España me da pocas últimamente.
En esta tierra nuestra pesa mucho más la desastrosa y desafortunada historia reciente, que la asombrosa y brillante historia pasada que hizo de España un imperio en el que nunca se ponía el sol. Pero llegó Franco y transformó no sólo un país en cuarenta años de dictadura sino que marcó la mentalidad que iba a regir en nuestras vidas después de su muerte. Seguimos divididos en dos, aunque nos pese, aunque los dos grandes partidos se empeñen en una renovación generacional de sus filas. Eres de uno o eres de otro y consecuentemente eres siempre enemigo de alguien. Lo de trabajar en equipo y dejar a un lado las diferencias se nos da mal, porque la labor del político español es la de atacar al contrario atacando por el flanco histórico del pasado. Nos tiramos a la cabeza trastos viejos que la gente de mi generación no termina por comprender, porque los que andamos en los cuarenta o rondándolos, somos hijos de la desmemoria pactada de quienes hoy sin embargo, se empeñan en recuperar la memoria histórica, pero cada uno a su manera y barriendo para casa. Dice nuestro Presidente que vivimos una segunda transición y yo me pregunto que hacia dónde estamos transitando ahora. Si en la primera se trataba de pasar de la dictadura a la democracia, ahora en plena democracia, con la mayoría de edad requetecumplida, uno duda sobre la dirección hacía donde tendemos este nuevo puente. Espero, que de una vez por todas sea hacia la capacidad de comprender que la diversidad ideológica fundamenta la riqueza no sólo política sino también intelectual de un país; y que el que uno piense de esta u otra manera no tiene nada que ver con que a tu abuelo lo hayan matado los nacionales o que a tu padre se lo hayan cargado los rojos. Nadie le pide cuentas a un chaval alemán de 20 años sobre los millones de judíos asesinados en la segunda guerra mundial. Pues dejemos ya nosotros de contabilizar muertos y asesinos y pongámonos a trabajar, que entre tanto suspiro de un pasado que nos duele pero es pasado, nos olvidamos en España muchas veces que el presente es la oportunidad de labrar un futuro que nos dé mas alegrías y menos suspiros. Y a todo esto ya me he comido como tres, basta ya.
Me viene a la memoria esa canción que también se llama Suspiros de España. Soy muy mala recordando canciones o al menos canciones de aquella época que no fue la mía, pero creo recordar que parte de la canción decía así:
"Siento en mí, triste emoción. Me voy sufriendo lejos de tí y se desgarra mi corazón. Nunca el sol me alumbrará. Ya nunca más tu suelo veré, lejos de tí, de pena moriré. España mía, ya no te miro, tu eres mi guía, por tí brota mi suspiro, tú eres toda mi alegría".
Cuando uno, como yo, está lejos de la tierra, estas letras antes tontunas y sentimentalonas, cobran una nueva dimensión. Claro que yo el suelo de España lo piso bastante a menudo y el sol, aunque no mucho, sigue de cuando en cuando brillando por estas tierras holandesas. Yo sí que miro a España, la miro desde la distancia, desde el balcón que me ofrecen los canales internacionales de las televisiones y las ediciones que aquí llegan de los principales periódicos. La sigo mirando y leyendo y analizando y a veces incluso reconociendo, porque hay cosas en esta España mía que no cambian nunca y son las que más suspiros me provocan. La cultura española, si es que se puede generalizar el término, porque a veces hablando con amigos de otras provincias sureñas, yo, norteña por los cuatro costados, apenas me reconozco en sus hábitos y en sus costumbres, ni que decir en su gastronomía. Pero la sangre española, por llamar a eso que nos une o identifica con un país determinado de alguna manera, no la puedo ni quiero ni debo negar y sigue guiando mi vida. Ahora, alegrías, lo que se dice alegrías, España me da pocas últimamente.
En esta tierra nuestra pesa mucho más la desastrosa y desafortunada historia reciente, que la asombrosa y brillante historia pasada que hizo de España un imperio en el que nunca se ponía el sol. Pero llegó Franco y transformó no sólo un país en cuarenta años de dictadura sino que marcó la mentalidad que iba a regir en nuestras vidas después de su muerte. Seguimos divididos en dos, aunque nos pese, aunque los dos grandes partidos se empeñen en una renovación generacional de sus filas. Eres de uno o eres de otro y consecuentemente eres siempre enemigo de alguien. Lo de trabajar en equipo y dejar a un lado las diferencias se nos da mal, porque la labor del político español es la de atacar al contrario atacando por el flanco histórico del pasado. Nos tiramos a la cabeza trastos viejos que la gente de mi generación no termina por comprender, porque los que andamos en los cuarenta o rondándolos, somos hijos de la desmemoria pactada de quienes hoy sin embargo, se empeñan en recuperar la memoria histórica, pero cada uno a su manera y barriendo para casa. Dice nuestro Presidente que vivimos una segunda transición y yo me pregunto que hacia dónde estamos transitando ahora. Si en la primera se trataba de pasar de la dictadura a la democracia, ahora en plena democracia, con la mayoría de edad requetecumplida, uno duda sobre la dirección hacía donde tendemos este nuevo puente. Espero, que de una vez por todas sea hacia la capacidad de comprender que la diversidad ideológica fundamenta la riqueza no sólo política sino también intelectual de un país; y que el que uno piense de esta u otra manera no tiene nada que ver con que a tu abuelo lo hayan matado los nacionales o que a tu padre se lo hayan cargado los rojos. Nadie le pide cuentas a un chaval alemán de 20 años sobre los millones de judíos asesinados en la segunda guerra mundial. Pues dejemos ya nosotros de contabilizar muertos y asesinos y pongámonos a trabajar, que entre tanto suspiro de un pasado que nos duele pero es pasado, nos olvidamos en España muchas veces que el presente es la oportunidad de labrar un futuro que nos dé mas alegrías y menos suspiros. Y a todo esto ya me he comido como tres, basta ya.

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